Haití clama paz y estabilidad para un mejor futuro

P. Renold Antoine, Misionero Redentorista. Fuente: cssr.news

Si la naturaleza ha sido más clemente que de costumbre con el pueblo de Haití durante estos últimos 5 años, esta pequeña isla del caribe que fue en el pasado la perla de las Antillas, un lugar atractivo para los turistas extranjeros, hoy se convierte en un país invivible para sus habitantes por diversas causas: desempleo, pobreza extrema, injusticia social, inseguridad, impunidad y delincuencia moral, corrupción, deterioro del poder adquisitivo, opacidad del gasto público, mala gestión, inflación galopante, devaluación de la moneda nacional frente al dólar, crisis aguda de la gasolina, secuestros, resurgimiento de la epidemia de cólera, proliferación de las bandas criminales que siembran el terror, el miedo y la muerte en muchas familias. Lo que se vive durante este último año parece en una película de terror donde la violencia se instala en la cotidianidad del habitante de la isla. Según los analistas, Haití se encuentra atrapada entre la violencia de las bandas criminales, la temeridad del Gobierno nacional y una comunidad internacional que da vueltas.

Esta realidad se describe perfectamente en los versículos 10-12 del Salmo 54: ‘’Veo en la ciudad violencia y discordia rondando día y noche por sus muros. Dentro de ella hay maldad y dolor. Sólo crímenes hay en su interior; la opresión y el engaño no se apartan de sus plazas’’.

Teniendo en cuenta de esta realidad que no tiene nombre, muchos consideran que Haití es un país maldito donde suceden tragedias tras tragedias, por eso muchos haitianos abandonan el país en busca de un mejor futuro en otro lugar, a veces arriesgando su vida o sus derechos. Los acontecimientos de estos últimos meses en particular son tristes y confirman aún más la quiebra del Estado y ponen al país en el punto de mira. Pero, como misionero redentorista, sigo teniendo la Esperanza de que el país pueda salir de este callejón. De hecho, creo que nunca es tarde para llegar a una solución histórica, incluso mediante sacrificios y concesiones por el “mayor bien de este pueblo”. Para salir de este labirinto, el país necesita que cada uno de sus hijos tienda las manos para reconciliarse los unos con los otros, pero para lograrlo, se requiere una toma de consciencia colectiva de todos los actores políticos y económicos para poner fin a las rivalidades que no hacen otras cosas sino empobrecer el país y sus habitantes cada día más. Lo que afirma el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti # 232, es un mensaje fuerte que tiene que hacer eco en el corazón de los actores políticos y económicos del país para salir de este labirinto.  Como bien lo dice el Santo Padre, ‘’no hay punto final en la construcción de la paz social de un país, sino que es una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construir la unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer una cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. ’’ 

Es cierto que no es tarea fácil superar el amargo legado de injusticias, hostilidad y desconfianza que dejó el conflicto. Eso solo se puede conseguir venciendo el mal con el bien (cf. Rm 12, 21) y mediante el cultivo de las virtudes de que favorecen la reconciliación, la solidaridad y la paz. (Fratelli Tutti 243).

Aunque hoy en día se habla de una intervención de una fuerza militar robusta para frenar esta crisis multidimensional que afecta el país, yo soy de la categoría que piensa que el verdadero problema que tiene el país es una falta de interés por el bien común. Eso es el resultado de lo que vivimos. 

Que la Virgen María, Madre de la Esperanza y Perpetuo Socorro interceda por el país para que el pueblo de Haití salga de este abismo en el cual se encuentra en dicho momento, de tal modo que se pueda mirar el pasado con gratitud, vivir el presente con pasión y soñar el futuro con esperanza.

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