Semana de Desierto: Ejercicios Espirituales de los sacerdotes

Pbro. Felipe de Jesús Colón Padilla (Párroco de la Parroquia Jesús Maestro)

Cada año los sacerdotes dedicamos una Semana de Ejercicios Espirituales, con el fin de tener un encuentro más cercano con el Señor, allí revisamos como marcha nuestra vida espiritual y pastoral (Cf. canon 276 §2,4).

El lugar escogido para vivir el desierto, fue el Monte de Oración del Distrito Municipal de San Víctor, Moca. Fue dirigido por Monseñor José Amable Duran Tineo, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santiago de los Caballeros.

Habíamos viviendo la experiencia de desierto, 31 sacerdotes de ocho diócesis. Los retiros espirituales son un instrumento idóneo y eficaz para una adecuada formación permanente para el clero. Contra una praxis que tiende a vaciar al hombre de todo lo que es interioridad, el sacerdote debe encontrar a Dios y a si mismo haciendo un reposo espiritual para sumergirse en la meditación y en la oración.

El tema principal que desarrolló Monseñor Durán fue: Silencio, caridad pastoral y fraternidad, y como base la espiritualidad de San Carlos de Foucauld.   El silencio como remedio insustituible, pues el ruido exterior, que afecta el encuentro transformador con el Señor. Es preciso subir al monte, al desierto, para desde allí escuchemos la voz de Dios, así lo hizo Jesús cuando subió al monte Tabor acompañado de tres de sus discípulos (Cf Mt 17,5).

El silencio tiene una dimensión antropológica, la estructura ontológica, en cuanto unidad de alma y cuerpo, esta llamada al silencio, a la escucha. Se necesita dos para aprender hablar y setenta para aprender a callar (Ernest Hemingway). También tiene una dimensión teológica. El prelado nos recordaba una de las homilías de Paolo VI, con relación al silencio que nunca es una realidad vacía sino llena de contenido: “Nazaret es la escuela de iniciación para comprender la vida de Jesús. La escuela del Evangelio. Aquí se aprende observar, a escuchar, a meditar…”.  Cuando está ausente el silencio entonces el ruido se apodera de nosotros. El silencio en su dimensión moral, se asocia a dos virtudes: la prudencia y la fortaleza. La primera nos invita a escuchar y responder con sensatez, con inteligencia espiritual, y la segunda, tener la voluntad para hacer lo que es bueno para forjar la virtud. En su dimensión espiritual, el silencio, es el descanso del alma. El hermano Carlos de Foucauld, decía al respecto: “Hay que pasar por el desierto y permanecer allí, para recibir la gracia de Dios”. El que se encuentra consigo mismo y con el Dios trascendente, no en el ruido, sino en el silencio, por ello cuando decide evangelizar desde la vida sacerdotal elige nuevamente el silencio y el desierto. Nos recordaba que los sacerdotes somos hermanos, y que la caridad pastoral nos mueve a servir al pueblo de Dios confiado. Llamados entonces a ser auténticos ministros dispuestos a reconciliar al penitente, con el Señor, a través del sacramento de la penitencia, y alimentarlo con la eucaristía. Termino con la oración del hermano San Carlos de Foucauld:  Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío. Pongo mi vida en Tus manos. Te la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y porque para mí amarte es darme, entregarme en Tus manos sin medida, con infinita confianza, porque Tu eres mi Padre.

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