San Agustín, de pecador a Santo y Doctor

Por Leonor María Asilis Elmudesi

Cada 28 de agosto es ocasión propicia para recordar, valorar, e imitar a San Agustín de Hipona.

 Por su gran elevación espiritual, le decían el Águila de Hipona. También se refieren al como el Doctor de la Gracia. Su gran humildad reverencia este último título. El sabía muy bien y no tenía vergüenza en reconocer del fango en que se encontraba. Es innegable que fue un gran pecador. No se conformó con confesar, sufrir y arrepentirse de sus pecados. Los escribió y junto con ellos narro los inenarrables toques de gracia, que están recogidos en un libro mundialmente conocido como Las Confesiones de San Agustín el cual recomiendo ampliamente su lectura.

  Su legado abarca mucho más allá de los hombres y mujeres de su tiempo. 

A pesar del tiempo que nos separa,

Nacio en Africa el año 354 d. C., (Tagaste) y murió 28 de agosto de 430 d. C., Hipona hoy Argelia.

Aun hoy nos interpela con igual o mayor intensidad. La razón es que de ser un gran pecador Dios tuvo misericordia de él y lo hizo un gran Santo (gracias según él, a las oraciones y lágrimas de Santa Mónica su madre), pero también de los más sabios cuya influencia en el pensamiento cristiano nos anima en claridad y fervor a seguir los pasos de Él.

 Necesitamos como «Agustín» cambiar de vida, permitiendo como él, que Dios actúe en nosotros y ser valientes asumiendo la metanoia, para decir con San Pablo, no soy yo quien vivo, es Cristo que vive en mí. Quien les escribe, da testimonio de esto. Por razones de espacio, no puedo narrar mi testimonio completo acá, lo que si les aseguro que su lectura calo profundamente en mi alma y Dios le uso para atraerme aún más a Él.

 Recordemos que recibió de lo alto grandes luces para poder combatir las herejías de su época.  En tal sentido, estoy convencida, que, si San Agustín viviera hoy, usaría todas las herramientas tecnológicas de los medios de comunicación para anunciar el evangelio. 

El predicaría a tiempo y a destiempo. Es decir, en todo momento. Posiblemente delegaría trabajos de oficina y se centraría en lo indelegable, predicar y administrar los sacramentos.

  Él explicaba muy bien ese pasaje de San Pablo. Al leer sus páginas se siente la urgencia de predicar, de no perder un segundo. 

Un celo apostólico ardiente por las almas. Cuando era preciso denunciar, lo hacía sin devaneo amparado en el Evangelio, con la fuerza del Espíritu Santo que según testigos de la época producían aplausos incesantes de los fieles en sus homilías. 

El llamado era a todos: velar y custodiar el tesoro de la fe. No permitir malsanas interpretaciones. Esa misión la recalcaba sobre todo a los predicadores, a los sacerdotes y obispos llamados en su misión a pastorear las almas. 

Que diría si viviera hoy en cuanto a la carrera galopante hacia la cultura de la muerte (pretender y dar muerte amparándose en lo injustificable a los niños y niñas por nacer.

 Que les diría a las minorías que buscan imponer la perversa ideología de género ¿Que palabras dirigiría a todas las corrientes de la nueva era que sutilmente van permeando en los cristianos?

 Cierro estas palabras en su memoria con una oración de acción de gracias por su vida, fidelidad y legado, pidiendo a ti Padre Celestial que también me lees, que nos conviertas a ti, porque como te dijo en este plano tu hijo Agustín,

 «Nos creaste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que encuentre su descanso en Ti».

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